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"Historias desobedientes", los familiares de genocidas que marcharon por primera vez a la Plaza de Mayo

“Historias desobedientes: un grupo de familiares de represores y genocidas marcharon a Plaza de Mayo (Nicolás Stulberg)
"Nos gustaría que el año que viene se sumen más. Hoy somos pocos, con un cartel pequeño, pero por suerte estamos. Esa es la noticia: estar, acompañar, marchar, gritar y que todos vean que quienes estamos aquí no avalamos lo que hicieron nuestros padres o abuelos; también queremos justicia". En la esquina de Avenida de Mayo y Tacuarí se refugian debajo de una inscripción que llama la atención de muchos. Aún no son las 14, y aunque falten algunas cuadras para alcanzar la Plaza de Mayo, la concurrencia es masiva y detenerse frente al cartel, una parada obligatoria. "HISTORIAS DESOBEDIENTES", reza el mismo, en mayúscula, acompañado -debajo- por la descripción de quienes lo exponen. "Somos hijas, hijos y familiares de genocidas. Estamos aquí por la memoria, la verdad y la justicia". Apreciar un grupo de 30 entre miles los vuelve –a priori– invisibles. Sin embargo la realidad es otra. A un fotógrafo le piden que se corra y a otra mujer que se detuvo a revisar su celular le solicitan lo mismo. Quienes lo demandan son curiosos, quizá incrédulos. Leen lo que expresan, sacan una foto y siguen su camino. Una de las personas que sostiene el cartel es Bibiana Reibaldi. Su padre era Julio Reibaldi, un genocida que operó en el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, en Viamonte y Callao. "De mi infancia y adolescencia prefiero no hablar. Atravesé de 40 años y de búsqueda de este espacio. Me ayuda estar acá, porque juntos podemos aclarar más las cosas y sumar un granito de arena positivo para que la memoria perdure", explicó a Infobae. A su lado está su hija y su hermana. Aunque una sea menor y la otra quizá no haya nacido entre 1976 y 1982, también se sienten parte del colectivo que integran. El mismo que marchó en junio del año pasado, en la movilización que convocó a miles de personas en el Ni Una Menos. "Somos parte un pueblo que lucha por su destino. Somos los hijos y los hijos de los hijos que venimos a poner la cara cuando otros nos exigen que hagamos silencio. Memoria por aquellos que defienden lo indefendible, intentando instalar el olvido", dijo otra mujer, que prefirió preservar su identidad, a Infobae. "Tenemos todo el apoyo de la gente que necesitamos. Es el apoyo genuino y no el de los otros familiares que aplauden a los genocidas. Es el que queremos. Siento orgullo de mi misma, de mi hermana, de mis compañeros y compañeros. Tuvimos que hacer un duro camino de diferenciación, muy doloroso", agregó Reibaldi. Cerca de las 15, dejaron su lugar para marchar a la Plaza de Mayo. Se encolumnaron detrás de la Agrupación Federico García Lorca y delante de la Juventud Sindical. Eran menos de 30 entre dos grupos que los superaban ampliamente en cantidad de personas, mientras hacían sonar sus bombos y entonaban algunas canciones. Pero lo que volvió a parecer no fue. El desapercibimiento fue nulo, ya que llamó la atención contemplar un grupo tan reducido entre las masas, con un modesto cartel a comparación de las grandes letras y los colores estridentes que a pocos metros se observaban. Lo que todos advirtieron, en realidad, es que un mensaje silencioso se manifestaba a los gritos. Fue allí cuando hombre irrumpió en la escena para abrazar a Analía Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, conocido como el doctor K, implicado implicados en la causa de Campo de Mayo por la represión ilegal perpetuada durante la última dictadura militar. "Mi papá es un genocida, yo rompí el silencio del mandato familiar", le dijo a Infobaeen diciembre de 2017. Todo lo que ocurrió después estuvo cubierto de respeto y admiración. Un aplauso contagió al resto, que mientras los miraban los reconocían. Enfrente, las sonrisas se convirtieron en llanto, suelto por la alegría y producto de un dolor que solo esta otra clase de víctimas que dejó la dictadura militar conoce. Son portadores de pesadas herencias y arrastran a diario historias ajenas. "Algunos eligen cambiarse el apellido y me parece perfecto. No deben soportar la vergüenza ni una condena social que no les corresponde", dijo Reibaldi. Posiblemente la devolución recibida aminore el daño y la angustia con la que conviven a diario. Eligieron despegarse del horror ejercido por sus padres, abuelos, hermanos, tíos o padrinos. Entendieron que fueron las personas más queridas pero también las más odiadas durante el crecimiento de cada uno de ellos. "No necesitan explicarnos la soledad ni la locura. Sabemos lo que hicieron y necesitábamos estar cerca de los familiares que perdieron a sus seres queridos para que ellos también se sientan más acompañados", expresó Reibaldi. Lejos de soltarse, se agrupan en una reflexión final, para concluir en que "ojalá que cada año que se cumpla esta fecha seamos más. Recibimos mensajes de toda la Argentina y Latinoamérica, de hijos y familiares que están con nosotros pero no se animan a participar. No cuentan con que tenemos una certeza: pronto lo harán".

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